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Creciendo como Índigo
By Ryan Maluski Malagara | Published  12/31/1999 | Indigo Children |
En el hospital
En esos tiempos, me sentía incluso orgulloso de que no me pudieran entender, porque significaba que aún había esperanza. Los medicamentos no me quitaron o controlaron todo el dolor y la confusión, pero descubrí que el alcohol sí lo hacía. Me metía a mi cuarto y en privado, casi diario y bebía para desaparecer mis problemas. El beber me adormecía y me ponía en un mundo seguro, a salvo, familiar y siempre accesible. Los cigarros también eran una manera de encajar y por lo menos sentirme un poco normal.

A los 16 años, era hiperactivo y empecé con un nuevo medicamento. Una noche temblaba tanto que mi madre y yo llamamos al doctor, que dijo que me tomara otra pastilla para calmarme. Entonces me la tomé y temblaba aún más. Luego llamé a otra doctora para confirmar y ella dijo que eran las pastillas las que me ponían así. Estaba listo para salirme del cuerpo y le pedí a mi madre que me comprara alcohol para adormecerme. Era insoportable; morirme era un pensamiento placentero pues acabaría con este infierno de estar encerrado en mi cuerpo.

En mis años de preparatoria, estaba desesperado y me ofrecí voluntariamente para ir a un hospital psiquiátrico. Mi terapeuta me recomendó eso y yo accedí, sin la menor idea de lo que estaba haciendo. Estaba con otros 25 niños entre los 10 y los 18 años. De hecho me sentía bastante bien ahí dentro, viendo la cantidad de retos y problemas que todos los demás tenían. La primera vez estuve ahí durante un mes. Después de unos días noté cómo los demás niños venían a hablar conmigo cuando estaban enojados. Se abrían conmigo y tomaban cualquier consejo que les daba. El hospital no estaba muy contento con esto, preguntándose cómo otro "paciente loco" podría ayudar a cualquiera. Me espejeaban mi auto-creada prisión interior. Ahora era real y daba miedo.

Una noche, la realidad de donde me encontraba me golpeó, estaba quebrado en mi cuarto, llorando, "¿Porqué yo?" Una y otra vez. El primer día fui testigo de cuatro encierros, en los que el personal agarraban a los pacientes fuera de control, los amagaban y en el piso los inyectaban con Thorazine, los amarraban en la cama de un cuarto tranquilo hasta que se calmaran. Después venía la libertad condicional - nada de llamadas, ni visitas, ni TV, no salir del cuarto, "dejar la puerta abierta" para que un miembro del personal pudiera observar todo el tiempo. Yo amaba mi libertad, por lo que me aseguré que eso nunca me pasara a mí.

Lo más frustrante de las reglas del hospital es que estaban impuestas por gente, que yo veía claramente, que tenían ¡muchos problemas! Esto sí lo podía ver, que tenía el "don" de "leer" a la gente. Mi familia y amigos de la escuela me visitaban, dándome mucho apoyo. Me pasé mi cumpleaños 18 en el hospital y me perdí mi graduación. No me sentía como un hombre. Tenía innumerables razones para compadecerme de mí mismo. Recuerdo que dije " Me voy a sobreponer a todo esto y después voy a mostrarles a otros niños como hacer lo mismo. Sé que hay una manera."



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